Seguramente por temor o desconfianza uno olvida que existen cosas que pueden llegar a apasionarle tanto que se convierten en parte de su sangre, su vida, de lo que es o desea ser. Yo dejé de lado una idea que había prometido me acompañaría por el tiempo que estuviera en la tierra, escribir por gusto más que por obligación, así que decidí desempolvar La idea olvidada y plasmar más que artículos sofisticados y llenos de tecnicismos, razones por las cuales la vida se convierte en un libro inmenso de hojas blancas esperando a ser rayadas con locos sueños de aquellos que se sumergen en la inmensidad de las palabras.
Sé que el principio suena algo poético, pero era necesario empezar con esta razón para entender lo que más adelante traerá el tiempo. Pues bien, uno de los porqué para decidirme a escribir de nuevo se lo debo a mi desempleo latente que se niega a apartarse de mi camino por más que quiera atropellarle con un camión de diez mil toneladas. Pensé que en vez de seguir aturdiendo mi cabeza con una televisión poco llamativa y comunicativa debía hacer uso de herramientas como estas, arriesgarme a que exista alguien que decida leer o pasar de largo.
No sé en qué momento dejé que la diversión se acabara mientras le daba vueltas a una idea para plasmarla en algún lugar, me empeñaba en hacerlo pero el impulso terminaba en la mitad del camino, hasta que un día, como una sorpresa loca, de esas que sólo sabe dar Dios, un sujeto al que sigo en Twitter promocionaba una nueva entrada en su blog, entrada que se convirtió en un elemento inspirador.
Uno no se explica como un completo extraño puede llevarlo a uno a volver a creer en lo que algún día pensó que era probablemente uno de sus dones más preciados. Yo leí esa entrada con tanto agrado que comprendí que para escribir se necesita un poco de cerebro pero también un toque de imaginación y crítica (no criticadera) hacia la vida.
Tengo que admitir que su inspiradora y caricaturesca manera de escribir me llevó a parir este pequeño pero tranquilizador espacio que hoy le dice adiós a la necesidad de aceptación y a la pereza intelectual. Aunque costó escribir esta primera entrada no permitiré que de nuevo la idea quede en el rincón de los cachivaches, ni que se acabe si por fortuna consigo un empleo.
Todos nacemos con dones increíbles, algunos decidimos guardarlos para que no se gasten y al abrir el baúl donde los tenemos ya huelen mal, se oxidan y se pudren, por eso la opción no es dejarlos en el olvido sino trabajar en ellos hasta perfeccionarlos.
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